Donde todas las cosas son posibles
José Marquínez Argote, un buen amigo y más buena persona, que ya por su nombre parece salido de una novela de Gabriel García Márquez, contaba que un profesor alemán suyo cuando quería exponer un caso muy complicado lo situaba con estas palabras en latín: In American Meridional, ubi omnia sunt possibilia ... [En América del Sur, donde todas las cosas son posibles]. Pero quizás sea el Caribe donde la realidad se vuelve más desaforada, maravillosa y desdichada a la vez. Y especialmente en Cuba por la amalgama entre el comunismo producto de la modernidad europea, la colonización española, la impronta africana, la influencia americana y la hibridación de un sinfín de culturas. El realismo mágico no es en la isla más que crudo realismo. Nada más prosaico y habitual que la magia de la realidad en toda tierra que baña el mar Caribe y de aquí la sensación de prodigiosa normalidad que produce la lectura de estos cuentos herrerianos. Si quitáramos sus elementos maravillosos tendríamos solo una realidad superficial y extraña al día a día. Lo fantástico en Realengo toca y nos vierte el mismo tuétano de la realidad cubana. Los ningens, las ondinas, los babujales, los coabays, los majás, los ángeles de mar, los paleros, los chichiricúes, los güijes, las “conversaciones” y la correspondencia mágica con los guardianes de la revolución que van denunciando infinitamente a sus superiores todo tipo de actitudes sospechosas, son un verdadero trasunto de Cuba. Pero claro, hay que tener el ojo de Herrera para apreciar los prodigios insólitos y fantásticos de la realidad cotidiana cubana sin la miopía que nos afecta al común de los mortales.
Prodigioso y excelente “jodedera” es también el título de la obra: Realengo. ¿Qué más propio de la resistencia y la ironía colonial que la transubstanciación del significado de “realengo”? De la acepción en la metrópoli: “territorio que depende directamente del rey y que no pertenece a la nobleza o a la iglesia” ha pasado a significar en Cuba: “sitio en el que hay mucho desorden y laxitud en el cumplimiento de las normas”. Maravillas, prodigios y jodiendas van de la mano en Cuba y en su fiel retrato: la prosa herreriana. Realengo es también el nombre de la sabia bruja Candelaria y tengo para mí que es el disfraz literario del hechizador Herrera, hijo como es de Siboney, la ciudad de los prodigios de Realengo, que el mismo Herrera describe así:
“El Siboney es un barrio de santeros donde cada animal, árbol y hasta las yerbas tienen un significado y una función para contactar con lo oculto. Los caracoles en manos del babalao hablan de los problemas o predicen el futuro, incluso las cuentas y las telas de colores son caminos a lo divino. Las comidas y los frutos son ofrendas para conseguir los favores de las deidades africanas”.
Ramon Herrera no es un babalao o palero, es otra especie de brujo, de poderoso hechizador: un cuentero, que en Cuba es todo lo contrario de un cuentista. El poder mágico de sus cuentos emana de su personalidad, de todo lo que toca, dice y hace. Andar con él es meterse siempre en una maravillosa “jodienda”. Hay que tener bien presente que el realismo mágico de Realejo es herreriano. Su singularidad la da su humor en medio de la melancolía y la tristeza, su lucha contra todos los que “meten cuentos”, su búsqueda de la verdad envuelta de ternura y, sobre todo, su bondad que rezuma por todos lados: “Estar contra el mal no te hace bueno” lanza como una piedra uno de sus personajes mágicos.
Realejo nos hace revivir una realidad descomunal bella y fea, amable y cruel a la vez. Una realidad que vive siempre en Ramón Herrera y que con los años y con su residencia en Sabadell, donde no deja de ser un pez fuera del agua, se vuelve más intensa y mágica. Herrera mismo es el principal protagonista de Realejo y una más de todas las creaturas del Reparto Siboney que, como decía Gabriel García Márquez de los artífices del realismo mágico, han tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para ellas ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer viable y dotar de sentido su propia vida.
Jordi Corominas